Pedagogía

“En esa dialéctica… aprender y desaprender se mueve la formación del profesorado”

Entrevista a Francisco Imbernón

Misceláneas Educativas entrevistó al Dr. Francisco Imbernón, catedrático de Didáctica y Organización Educativa de la Universidad de Barcelona donde ha tenido diversos cargos de gestión. Maestro, licenciado y doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación, desarrolla tareas en formación inicial y formación permanente del profesorado de todos los niveles educativos, desde la primaria hasta la Universidad, y en la formación de profesionales de diversos sectores y formadores.

Ha recibido varios premios a la innovación e investigación y ha publicado varios libros unipersonales, colectivos y muchos artículos sobre alternativas pedagógicas y de formación del profesorado, tanto en su país como internacionalmente. Entre sus publicaciones, destacamos las realizadas en nuestro país, tales como: Programar las Tareas del aula, Magisterio Río de la Plata, Buenos Aires, 1995; La formación del profesorado. Formar para innovar, Magisterio Río de la Plata, Buenos Aires, 1996 y En busca del discurso educativo, Magisterio Río de la Plata, Buenos Aires, 1996.

En el campo de la investigación es director de varias investigaciones tanto nacionales e internacionales, ha sido director del grupo reconocido de calidad de investigación e innovación (FODIP) sobre formación e innovación docente que ha recibido el premio al mejor grupo de innovación de la Universidad de Barcelona en 2017. Actualmente es director del Observatorio Internacional de la Profesión Docente de la Universidad de Barcelona.

 

El año 2020 ya ha pasado, sin embargo, no podemos negar la profunda huella que continúa dejando en nuestras vidas, en sus diferentes facetas. 

Y si hipotéticamente tomásemos al 2020 como un gran estudio de caso para el análisis de prácticas docentes en pandemia, y pudiésemos derivar unas primeras conclusiones que nos dejaran aprendizajes nuevos para la formación docente continua en todos los niveles educativos, y en el nivel universitario en particular, ¿cuáles serían esas conclusiones y qué caminos de futura investigación dejarían abiertos?

 Creo que la pandemia nos ha enseñado que la docencia es una tarea compleja, laboriosa, paciente y difícil. Mucho más de lo que la gente cree, y muchísimo más de lo que piensan los políticos. Educar siempre ha sido una empresa difícil. Nunca ha sido una tarea sencilla. Menos hoy en día- Y que necesitamos una nueva formación que ha de establecer mecanismos de desaprendizaje para enseñar de forma diferente.

Durante la pandemia, nos vimos obligados a trasladar la escuela a los hogares y la mediación pedagógica a la virtualidad. Con la virtualidad perdimos y se pusieron en cuestión nuestras prácticas educativas. Y darnos cuenta, también, de que había mucha formación y poco cambio educativo. Es posible que sea porque aún predomina la formación transmisora y descontextualizada, alejada de los problemas prácticos de los docentes.

Creo que en este 2020 y 2021 muchas personas se han hecho conscientes de lo que sabíamos que tenemos que introducir en la teoría y en la práctica de la enseñanza nuevas perspectivas: las relaciones, las emociones y actitudes, la complejidad docente, el cambio de relaciones de poder en los centros, la autoformación, la comunicación, la formación con la comunidad, etc.

Y desde que comenzó la pandemia se ha tenido tiempo de reflexionar sobre lo que pasó y está pasando a la educación en el confinamiento. Con una enseñanza virtual de emergencia, no de normalidad, y la situación vivida puso en evidencia las limitaciones y debilidades del sistema educativo en cuanto a la infraestructura y formación tecnológica, el equipamiento del alumnado en casa y del profesorado, el apoyo familiar necesario, el aumento de las exclusiones y desigualdades por falta de presencialidad y la autonomía del alumnado para realizar tareas virtuales, entre otros. Y también hay que destacar un aspecto que ya conocíamos, que las dificultades escolares se agravan cuando los niños y niñas necesitan una metodología más inclusiva con especialistas, materiales y entornos adaptados.

Y no podemos olvidar aspectos que el profesorado sabe, pero no tanto el contexto social: que la escuela es muy importante para crear identidades sociales, y necesita de espacios físicos y simbólicos, por tanto, contacto, relaciones y presencialidad para trabajar la transmisión cultural y desarrollo personal como seres sociales. Que la educación es una actividad social, no hay duda de que es donde se aprende, pero también hace un trabajo de cuidar a la persona de forma individual y grupal. La enseñanza requiere un seguimiento individualizado de cada niño y niña dentro de lo posible, es decir, una guía y una supervisión de que se hace y como se hace con su educación.

Y ahora parece que se ha de volver a una continuidad, donde se producen una serie de situaciones de emergencia que necesitan cumplir de una determinada manera de hacer escuela con diferencias y discrepancias que hacen modificar el trabajo del profesorado, las relaciones entre los compañeros y con los niños y las prácticas educativas. Ello puede provocar un profesorado disociado ya que el profesorado debe repensar y reconfigurar constantemente su identidad personal, profesional y colectiva a partir de experiencias nuevas y viejas vividas, tanto dentro como fuera del centro escolar. La pandemia nos ha provocado muchas nuevas experiencias inesperadas y abruptas.

No puede haber soluciones viejas para problemas nuevos. Por lo tanto, deberíamos aprovechar la reflexión y la experiencia vivida para hacer un cambio radical de la forma de enseñar y aprender.

 

Teniendo en cuenta que debido a la pandemia la realidad se impuso sin dar tiempo a la capacitación docente ni dejar espacio a la reflexión de las nuevas prácticas de enseñanza, ¿con qué ventajas y desventajas corremos en 2021?

La ventaja más importante es que la experiencia pasada nos ha demostrado que la escuela es muy importante para aminorar las brechas y para crear identidades sociales.

Parece que la venida del Covid-19 ha abierto a la educación, en general y de la escuela en particular, una esperanza de cambio. Se ha hablado de la importancia y necesidades de la escuela (algunos lo acaban de descubrir en esta pandemia), de los cambios necesarios a hacer a la educación, sobre el profesorado, etc. También hay muchas opiniones sobre la enseñanza virtual, mixta o híbrida, los que dan recetas pedagógicas de todo tipo, de la utilización de la tecnología, del cambio curricular

Otra ventaja es la reflexión que se ha hecho sobre tener menos alumnos, más profesorado, diferente currículo y estructura, etc. O sea, modificar el trabajo del profesorado, pero invertir más, mucho más, desarrollar políticas de lucha contra la desigualdad, una nueva metodología,  mejorar las infraestructuras y recursos en tecnología.

Ya hace tiempo que sabemos que para cambiar la educación debe cambiarse el profesorado y el contexto en el que trabaja. Antes del Covid-19 había mucho trabajo por hacer tanto en el profesorado como en el contexto, pero era ignorado o no priorizado. Ahora más que nunca se ha visto que se debe poner manos a la obra en un sistema educativo que ya hace tiempo que hace aguas en muchos aspectos importantes. Y que aguanta, a pesar de las críticas, por la dedicación del profesorado, como se ha comprobado en estos últimos meses, trabajando más horas con sus herramientas, intentando conectarse y que se conecten, no viendo al alumnado y sufriendo “su conciliación familiar”. Y, dando, la mayoría, su esfuerzo y entusiasmo al alumnado, desbordado con la docencia en línea y los trabajos.

La desventaja es que son muchas cuestiones y pocas soluciones por parte de quien las tiene que tomar. La desconfianza que se vuelva a una normalidad anterior como si no hubiese pasado nada. Cambiar todo para que nada cambie, para que las cosas sigan iguales, desaprovechando la oportunidad reflexiva que nos ha dado lo que ha pasado con el Covid-19. Que no se caiga en el error del uniformismo, del café para todos tan dado en el campo de la educación y tan nefasto.

 

Sorprende el trabajo en redes que usted lleva a cabo desde hace varios años, tal como RELFIDO. Por lo que se aprecia es un trabajo en red a gran escala, fuente de investigación y formación permanente sobre problemáticas docentes a nivel internacional. ¿Cuáles son los mayores desafíos que enfrenta un proyecto de tal envergadura? 

Los mayores desafíos de los docentes son que el profesorado tiene que asumir su papel en la estructura organizativa de la educación, la comunidad y sus diversos componentes también tendrán que asumir el suyo. Hará falta compartir procesos educativos y formativos, reflexionar conjuntamente sobre qué es necesario cambiar en las instituciones por disminuir y desterrar la exclusión social, y como se tiene que cambiar. La formación conjunta con la comunidad se perfila, en los diversos contextos educativos y sociales, como una de las alternativas a la difícil problemática de marginación de una parte de la humanidad.

El bienestar del profesorado y el bienestar del alumnado hace que se aproveche mejor lo que se aprende. La relación educativa condiciona el aprendizaje. No únicamente del alumnado sino también del profesorado, por ello la importancia de la colaboración, de hacer proyectos conjuntos, de aceptar la tolerancia profesional con los compañeros, de la autonomía compartida. Esto provocará una mejor educación. No hay terapias como reclaman algunos, sino aplicar lo que sabe hacer el profesorado.

Lo que intentamos hacer en la red REFILDO (ver el último libro aparecido este mes: https://octaedro.com/libro/quien-forma-a-los-futuros-docentes/) una formación permanente del profesorado que facilite la reflexión práctico – teórica sobre la propia práctica mediante el análisis de la realidad, la comprensión, la interpretación y la intervención sobre esta. La capacidad del profesorado de generar conocimiento pedagógico mediante la práctica educativa. Así como el intercambio de experiencias entre iguales para posibilitar la actualización en todos los campos de intervención educativa y aumentar la comunicación entre el profesorado.

La profundidad de ese cambio tendrá lugar cuando se ponga más énfasis en el aprendizaje del profesorado que en la enseñanza de este. Ello implica una visión diferente de lo que es la formación, el papel del profesorado en ésta y por supuesto, una nueva metodología de trabajo con el profesorado. No es lo mismo transmitir-enseñar-normativizar que compartir, ni actualizar que ayudar-analizar, ni aceptar que reflexionar… No es lo mismo una formación donde se explica una teoría, que una formación que ayude a descubrir la teoría implícita de las prácticas docentes para ordenarla, fundamentarla y revisarla; o para destruirla si fuera preciso. La formación debe ayudar a remover el sentido común pedagógico tan usual, muchas veces, en el profesorado. Y en esa dialéctica aprender y desaprender se mueve la formación del profesorado.

 

Queremos destacar también su participación en el grupo FODIP (Formación Docente e Innovación Pedagógica), espacio donde investigan y construyen conocimiento sobre la formación. ¿Podría comentarnos cuáles son las principales innovaciones metodológicas que observan y cómo podemos potenciarlas en la formación permanente?

Desde hace tiempo el grupo FODIP de la Universidad de Barcelona estimula y realiza innovaciones educativas. Y ha reflexionado mucho sobre ello.

Parece que, si una escuela o instituto no es “innovador”, no pertenece a un colectivo o a una red que tiene la palabra innovación, no tiene prestigio o que es “tradicional”. Y ya se sabe que cuando una cosa, en educación, se pone de moda aparecen muchas consecuencias: vendedores que utilizan procesos mediáticos, filantropía empresarial (recordemos que la educación es un gran negocio), oportunistas que quieren visibilidad, más económica o mediática, que educativa, debates en redes y medios de comunicación, manifiestos, seminarios dudosos en su finalidad, redes de desarrollo de talento, etc. La pregunta que hacemos es: ¿Muchas de estas propuestas son verdaderas innovaciones? ¿Cuántas está comprobado que son verdaderos cambios educativos de mejora de la enseñanza-aprendizaje o son cambios cosméticos de lo que se ha hecho siempre? ¿Qué evidencias las sostienen?

Y estas preguntas son consecuencia del hecho de que se hable tanto de innovación y ha traído una nueva tendencia que es analizar críticamente si muchas de estas innovaciones producen un cambio o son procesos de marketing para aumentar un público más cautivo, dar trabajo a algunos “vendedores” o tener un mayor eco en las redes.

Y empezamos a hacer una modesta crítica a algunas metodologías aplicadas a la educación como el PNL, las inteligencies múltiples, los estilos de aprendizaje, hemisferios cerebrales, el aula inversa (¿deberes para casa?), la gamificación (¿distraer o aprender?), aspectos cerebrales de estimulación, algunas metodologías, etc. ¿Están avaladas por la investigación y la experiencia educativa? ¿Se puede hablar de innovación cuando lo que se hace es adaptar las prácticas educativas a procesos tecnológicos muy novedosos que parece que sean la panacea de la innovación? Es cierto que el debate sobre la tecnología es sobre cómo pasar de una herramienta de comunicación y distracción a herramientas de oportunidades de y no tanto aplicarlas como siempre, con un mismo modelo de enseñanza repetitiva, instructiva y memorística. No toda tecnología es y trae innovación educativa.

Y no queremos negar que hemos de innovar constantemente y que se está avanzando mucho. También se tiene que revisar el trabajo del profesorado (metodología, relaciones-comunicación, organización, espacios, aulas, virtualidad, tiempo, etc.). Pero la innovación de todo esto se ha de entender como lo que tiene que ser en cada contexto y no como quienes a veces venden como herramientas más modernas, válidas para todos y todas en la educación. Una innovación tiene que provocar un cambio, pero no todo cambio es una innovación y tampoco la resolución puntual de problemas educativos que son los que algunos piensan que preocupan a la comunidad y a su interés personal. La innovación educativa tiene que mirar más allá de las fronteras que limitan las aulas.

Y no todo tiene que ser nuevo, la innovación educativa siempre ha empleado, en la mayoría de las ocasiones, una recombinación de elementos ya existentes enlazados de una forma nueva, lo cual muestra que el conocimiento del pasado, de la trayectoria seguida por otros profesores y profesoras, es otro de los principales elementos para poner en práctica cualquier innovación. A veces se vende como una cosa nueva y es más de lo mismo, pero con otra cara.

 

Desde su experiencia académica y profesional, ¿qué mensaje podría dejarles a los docentes que inician este nuevo año con desafíos renovados en las aulas presenciales y virtuales?

Que no olviden el desarrollo de la vertiente emocional del alumnado, en el sentido de desarrollo de procesos actitudinales y relacionales, como desarrollo personal, y que el contexto condiciona el aprendizaje del alumnado. Que han de romper la tradicional función instructiva para abrir sus puertas a nuevas metodologías de aprendizaje. Romper los vínculos con su aula, con su grupo, para compartir el trabajo educativo con todos los responsables de la educación. Ello implica una nueva forma de entender la responsabilidad educativa y la participación en el proceso educativo por parte de todos los agentes sociales. Es un tema muy importante para evitar al máximo la exclusión social.

Que luchen por una formación permanente que provoque un desarrollo personal, profesional e institucional, no únicamente profesional, ya que eso mejorará a las personas, al funcionamiento del centro educativo, su gestión, organización, evaluación y comunicación, y, por supuesto, permitirá intervenir al máximo en el currículum y en todos los procesos educativos y en la realidad social que envuelve al centro educativo.

Que trabajen colaborativamente para compartir el conocimiento y la experiencia con otros. Y ser capaz, colectivamente en el contexto, de encontrar nuevas alternativas al aprendizaje. Que huyan de la estructura rígida, piramidal y gerencial del profesorado para crear estructuras más flexibles y una mayor implicación de todo el personal que interactúa en el aprendizaje (profesorado, personal de servicios, familia, comunidad, territorio, etc.). Y revisar qué es lo que hay que enseñar y aprender en el siglo XXI y qué herramientas presenciales y virtuales son necesarias.

Que trabajen por una educación diferente desde los poderes públicos, sociedad y desde el profesorado para desarrollar una sociedad mejor con valores democráticos y de responsabilidad colectiva. Freire nos dice que “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que lo cambiarán”. Y en esto deben poner muchos esfuerzos.

Francisco Imbernón

Francisco Imbernón

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