Pedagogía

Las estrellas del sistema educativo

Por Tasha Vignau
Licenciada y Profesora en Ciencias de la Educación

Viernes, 3 de mayo de 2024

Hoy llevé una tira de stickers que encontré en la papelería. Cada sticker era una estrellita dorada, con borde blanco, de distintos tamaños. Uno de los estudiantes trae la tarea al escritorio, recién terminada y todavía tibia como si estuviese sacada del horno. La corrijo, escribo debajo un “Excelente!” y le pregunto “¿puedo pegar un sticker de estrellita?”. Siempre les consulto, pues la hoja, la carpeta y ese trabajo no son míos e intento ser cuidadosa con ellos y con su privacidad. La respuesta es un hombro levantado, de un sólo lado y la cabeza que se acerca a ese hombro. Interpreto un “hacé lo que quieras, me da lo mismo”, pero alcanzo a ver que, tal vez, no da lo mismo. Pego la estrellita y continúo ayudando al resto.

Bastaron 5 minutos para que el escritorio esté rebalsado de chicos y chicas pidiendo que se les corrija la tarea y que, por supuesto, se les pegue su respectiva estrellita. Entre el tumulto de niños y correcciones aparece una mano que pregunta, “¿profe puedo sacar más estrellitas?”. Contesto afirmativamente y entonces empiezan a aparecer estrellitas en todos lados. Hojas, celulares, mesas, carpetas y algún que otro compañero. Varios pegan 3 estrellas en el celular para recordarme orgullosos que segundo está Francia.

Trabajo en un PIT. Un programa de inclusión y terminalidad para jóvenes entre 14 y 17 años. Allí acompañamos, sostenemos y aprendemos, las trayectorias de jóvenes que por muy diversas situaciones han quedado fuera de la escolarización tradicional del nivel secundario. El programa inició en 2010 y pretendía tener un tiempo determinado, pero desde entonces las matrículas no paran de crecer, la necesidad se hace presente y las ganas de terminar la escuela no se detienen, entonces el programa tampoco.

No tenemos edificios propios. Funcionamos en las escuelas que ya existen. Medio apretados, coexistiendo con los que lograron sostenerse en la escuela tradicional. En muchos casos no tenemos gas, ni dirección, ni sala de profesores, ni biblioteca, ni computadoras. Todo eso es para la escuela “común”.

Nosotros no somos comunes, por suerte. En nuestras aulas se reúnen jóvenes de distintas edades, con distintos recorridos y experiencias previas, que cursan además distintas materias. Toda esta conjunción en una misma aula es la que nos da la característica de tener pluricursos. Más que tener, diría que somos pluricursos. La multiplicidad es parte de nuestro cotidiano, la diversidad es lo común en nuestros espacios. Acá nadie es igual a nadie, pero nos une una necesidad de encuentro, de acompañamiento, de educación con otros.

En los PIT se aprende a leer, a escribir, a respetar al otro, a respetarse a uno mismo, a festejar un cumpleaños, a jugar con otros, a charlar y socializar, a ver películas, la sociología de Durkheim, la matemática de Pitágoras, cómo se escribe un texto argumentativo, y más. Aquí las estrategias didácticas quedan cortas, los recursos son insuficientes, la puesta de cuerpo y de cabeza es total. Quienes integramos los PIT tenemos un compromiso expreso no sólo con la educación sino con la idea de que nadie se salva sólo, encontrarnos es lo que nos ayuda y nos sostiene. Lo que ocurre en estos espacios donde la lógica curricular se quiebra y lo pedagógico se reconstruye permanentemente, es tan caótico como maravilloso y nos deja siempre la puerta abierta para seguir pensando en nuevas formas de educar.

Los PIT son estrellas que se esparcen por el sistema educativo, al igual que los stickers, toman su relevancia por las personas que los valoran, por quienes encuentran en ellos un brillo especial. Para los ojos de algunos podrán ser simples estrellitas, incluso molestas, que irrumpen en el escenario educativo clásico, pero guardan en ellos la potencialidad de la diversidad pedagógica.

Tasha Sofía Vignau

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